Jose Carlos y Yo (*)

Anna Chiappe Vda. de Mariátegui recuerda sus diez años intensos al lado del «Amauta». Del noviazgo al fin…

Por Mario Campos

DEBAJO de un retrato de José Carlos sonriente, Anna Chiappe intenta aparecer menos nerviosa, sin esa expresión de angustia que le cubre el alma cada mitad de abril, tantos años hace, desde el 16 de abril de 1930, tantos años hace, sin el compañero que conoció en Florencia, que empezó a amar en Florencia, renací en tu carne cuatrocentista como la de «La Primavera «de Botticce- li».

La mañana del jueves no hacía ni frío ni calor. Bien peinadita, con un impecable conjunto sastre a rayas, la señora Anna Chiappe de Mariátegui esperaba debajo del retrato de su marido. En los ojos se parecían. Los mismos ojos se les salían, y con idéntica expresión de pasión, como saltando y con vida eterna. «¿José Carlos?», «¿José Carlos?», dijo cuando me sintió llegar. Su nuera le dijo, no, señora, son los periodistas. Y la señora Anna, la fuerte señora Anna de Siena y de José Carlos Mariátegui, me recibe diciendo «¡Qué pena que se murió José Carlos!, ¿no?. Es una llaga de la cual nunca me podré sanar».

Recuerda vagamente una reunión en Florencia, las voces, una música en violín. Veinte años, un padre comerciante en café, Ugo, el hermano médico muerto, los cantos de la Divina Comedia aprendidos de memoria y recitados en la clase. Eso recuerda vagamente, pero no al muchacho pálido v cenceño que le fue presentado como José Carlos Mariátegui, il peruviano», y que le empezó a hablar en italiano, fácilmente a hablar en italiano, con soltura, con elegancia. Cómodamente empezaron a entenderse. Recuerda aún su voz suave y clara, sus ademanes, el corbatín. Tal vez, quién sabe, su salud y su gracia esperaban esa tristeza de sudamericano.

Era 1920, la primavera de 1920. La señora Anna dice que se quedó pensando en él. El, José Carlos, vivía en una pensión que daba a la Piazza della Signoría. Se había presentado como un escritor, un literato, signorina, muy interesado en la cultura italiana.

Pocas semanas después habría de producirse la reunión definitiva. Un tío de Anna tenía un lujoso restaurante en Nervi que se llamaba «II Piccolo Edén». Era un restaurante campestre de lujo, seguro que muy hermoso, flores, un acordeón sonando todo el tiempo. Hablaron, el flechazo entró bien. Anna recuerda el sonido del acordeón y un olor a flores.

Pero el tío estaba indignado. Ante las continuas visitas de José Carlos y viendo que la sobrina estaba decidida a lanzarse a la aventura del matrimonio, un día, no recuerda en qué momento, le dijo: «Ese sudamericano pálido, de aspecto enfermizo, hará muy desgraciada tu vida. Regresarás a Italia derrotada y cargada de hijos».

Se casaron en Florencia al poco tiempo.

Aquí en Lima, 1989 empieza a subir el calor. Los colores le brotan a la señora Anna. Cómo se le parece la mirada a la de su marido que cuelga en la pared. A pesar de la angustia, a pesar del tiempo, cómo se parecen sus miradas. De abajo viene un olor a lo- cro, a puré, a sopa de verduras. Cómo se parecen sus miradas.

Empezaron a mirar juntos en Florencia. Rápido vino Roma. Usted sabe señor que a José Carlos le hacía mucho daño el fró de la Italia septentrional, y le caía muy bien el de la Italia meridional. En Roma, pues, ahí se sentía muy bien.

Mientras el olor de la sopa de verduras sigue subiendo por la escalera, la señora Anna recuerda cómo le escribía poemas, José Carlos. Y cómo la enamoraba. Me está diciendo que la enamoraba como hombre y como peruano. Una mezcla de poemas y descripciones amorosas de la tierra, la gente, los furores de esa gente, Anna, mi gente, los peruanos, el Perú.

Le habló de su infancia triste, signada por la osteomielitis. La pierna izquierda, Anna. Anna le aconsejó que se hiciera examinar en Bologna en un famoso centro traumatológico. Pero él decía que se sentía muy bien en Roma y que, además, Anna, yo no soporto la máscara de cloroformo. He sufrido mucho con las exploraciones médicas, y no soporto la máscara de cloroformo, ni nada que me recuerda la enfermedad en Lima.

Anna lo acariciaba.

Los primeros días en Roma lo veía feliz. Fueron días felices, en verdad. José Carlos, su inteligencia, eran una luz. Le hablaba de sus ganas de regresar a Lima, de establecerse en el Perú ara iniciar su tarea de escritor y, sore todo, sus programas de lucha social. Así le dijo.

Se quedaron dos años en Roma. Lo recuerda celoso de su tiempo, escribiendo siempre, estudiando el marxismo. 

Alguna vez José Carlos dijo que el amor de Anna le hizo ver claro muchas cosas, especialmente la lectura de algunos libros que antes consideraba sumamente densos, duros.

Vivían en la Vía della Scroffa, en unos altos. Anna, también, por su lado, empezó a ver claro. Juntos cruzaron ese proceso de sensibilización socialista. Lo hicieron al mismo ritmo y con gran entusiasmo. «Y pensar que antes de conocerlo no me interesaba nada de eso. Era conservadora, una chica católica… Conocerlo significó cortar con todas mis tradiciones. Me aproximé al pensamiento socialista».

En 1921 viajaron juntos al Congreso Socialista de Livorno, cita histórica donde se produciría la división de los socialistas reformistas con los comunistas. José Carlos asistió como corresponsal de «El Tiempo». La señora Anna recuerda lo impresionado que quedó con Antonio Gramsci. Recuerda también las voces, las discusiones, y José Carlos mirando todo. Setiembre de 1921. Se zanjaron las posiciones de los socialistas y los comunistas. Umberto Torracini, un senador, recordó en 1964 que le llamó la atención una persona simplemente conocida como ’il peruviano», por su fuerte personalidad y sólidos criterios.

En 1922, mayo de 1922 viajaron ala Conferencia Internacional económica de Génova. José Carlos trabajaba intensamente. Recibía un sueldo como agregado de prensa de la Legación del Perú en Italia que presidía Arturo Osores. Viene entonces un intenso tiempo de viajes. Alemania, fines del 22 y principios del 23. Luego Australia, Hungría. Checoslovaquia, Francia. Dijeron, Dasta.

El 20 de febrero de 1923 partieron a Lima de Le Havre en el barco «Negada». Anna llevaba en brazos a Sandro, su hijo mayor, y en el vientre a Sigfrido, el segundo.

Encinta llegó Anna al Callao. Vestía de blanco, la palidez. Habían sido 23 días de viaje. Anna no tenía miedo. Al lado de José Carlos nunca tuvo miedo a nada. Cuando se murió, sí, un poco, pero tuvo que echarle valor. Como hasta ahora.

No le gustó el Callao.

Vino un desfile de rostros y mirados. José Carlos, su José Carlos era llevado por un bosque de brazos y manos. No le gustó el Callao. José Carlos estaba muy excitado, muy contento. Llamaba a todos por su nombre. El primero que escuchó correspondía a un hombre aindiado, cetrino. Era ebanista y se llamaba Fausto Posada.

Vio las cosas chatas. ¿Dónde estaba el cielo azul que decía José Carlos? ¿Y a dónde el sol? No había cielo. No había sol. Sólo gentes pálidas bajo un colchón espeso de nubes. Se fueron a vivir al jirón Huanta, en los Barrios Altos. Los paisajes de Siena, de Firenze, de Nervi, trasplantados a unas calles húmedas, chatas, alargadas, y el desfile de gente pálida, cetrina que toda su vida habría de buscar, rodear, perseguir a su marido.

Del Jirón Huanta a la Quinta Heeren. Recuerda que se iban a pie hasta el Paseo Colón, donde ahora funciona el Museo de Arte ¿no señor?, y que antes se llamaba el Palacio de la Exposición. Ahí, en un sector cedido por la Municipalidad a la Federación de Estudiantes, funcionaba la Universidad Popular. Ahí habría de ver a su marido ante esa gente pálida y cetrina, por ella no sólo admirado, sino también amado.

Como hasta ahora.

La fatalidad, sin embargo, empezó a actuar.

José Carlos entró en crisis de salud. En la pierna sana había aparecido un tumor. Se revolcaba con fiebres de 40, 41, 42. Una mañana, al verlo tan mal, el doctor Gastañeta opinó que había que amputar inmediatamente la pierna. La señora Amalia de Mariátegui, madre de José Carlos, se opuso. Era muy católica. Le preocupaba la religión. Prefería un confesor.

La señora Anna intervino como tocada por un alfiler: «Yo soy su esposa, y la madre de sus dos hijos. Si la intervención es indispensable, proceda usted».

El sol de mediodía empieza a debilitarse aquí en Lima de 1989. La señora Anna ha guardado un largo silencio. Lo rompe: «Mi José Carlos despertó tranquilo, preguntando por mí. Pasaron varios días luego de la operación. Me decía sólo sentía un adormecimiento, algo así. Una mañana levantó la frazada y se vio sin la pierna derecha. Pegó un grito atroz. Nunca lo había visto así: su llanto, su desesperación. Mi vida está trunca, decía no sirvo para nada. Yo lo abrazaba, con toda mi ternura lo abrazaba. Besando, bebiendo sus lágrimas le dije, José Carlos, todo tiene arreglo. Vamos a viajar a ponerte una pierna ortopédica. Pero en ti, lo más valioso es tu cerebro, José Carlos y mientras tu cerebro esté intacto y en capacidad de producir ideas, todo lo demás es secundario, José Carlos adorado».

De izquierda a derecha:  Anna soltera en Florencia, 1918; Anna de novia, 1920; Anna casada en Roma, 1922. La última, Anna viuda a fines de 1930.

Nunca más lo vería quebrado. Nunca más. Pasaron a vivir a la casa de Leuro, en Miraflores, donde cumplió una etapa de convalecencia que se compartió con una estancia en una clínica de Chosica. José Carlos volvió a su trabajo periodístico en «Mundial” y «Variedades». Su nombre crecía. De Leuro pasaron a la casa en el jirón Washington, donde se hacen más intensas sus relaciones con los políticos y los obreros. La señora Anna lo recuerda muy celoso de su tiempo, como un poseso ante la máquina, con los libros. Recibía a los obreros a partir de las seis de la tarde. Los políticos llegaban más temprano, los obreros más tarde. Con ellos se quedaba más tiempo, hablando de todo, en medio del silencio, antes de las preguntas y la discusión. Recuerda que una vez llegó Jorge del Prado a las tres de la tarde. José Carlos estaba ante la máquina y ni lo miró. Jorge del Prado siguió a su lado y como José Carlos sólo tenía vida para su trabajo, se fue. Cuando regresó a las seis de la tarde, luego que se retiró la ^ente, José Carlos le dijo:

Mire, compañero Jorge. Tengo el presentimiento de que mi vida va a ser corta. Por eso es que tengo que sacarle el mayor provecho al tiempo, para leer, escribir y crear para todos».

Del 16 al 30 se dieron los años más fecundos de José Carlos. En 1916 publica la revista «Amauta», y en 1928 el quincenario «Labor», que José Carlos quería ver convertido en diario para los trabajadores. La casa de Washington era pulcra, y José Carlos, como recuerda Basadre, atendía siempre muy acicalado, muy limpio. «¿Qué le gustaba. Le gustaba la comida italiana, conversar conmigo en italiano, y la música de Beethoven, en primer lugar Beethoven. Después Wagner, Schubert. Le enfurecía el incumplimiento de la. gente. Le repugnaba la mentira, las posturas acomodaticias, los comportamientos postizos, eso pues que caracteriza a la política criolla. Los chicos gateaban mientras él trabajaba».

La fatalidad no cesaba.

«A fines de marzo de 1930, José Carlos entró en crisis. Los dolores lo atormentaban. Se puso grave, grave, el 12 de abril…»

De la Clínica Villarán, la señora Anna no se separaba. Su mano sobre la cabeza de José Carlos. Cómo calmarle el dolor. Cómo, nunca más los gritos, el sudor sobre la frente. Su muchacho de 26 años de Florencia agonizaba ese 16 de abril de 1930. Habían empezado a mirar juntos. Diez años, no más, señor, pero qué diez años. No recuerda en qué momento lo vio con su corbatín, hablándole en italiano, y la música de acordeón, a lo lejos. Cuida a los chicos, le dijo, cuídate tú, y repitió varias veces, Anna, Sandro, Sigfrido, José Carlos, Javier, la revolución sólo se puede hacer en base de los grandes principios. Y luego dijo, muy claramente dijo, «Adiós, Anita».

(*) Publicado originalmente en Caretas, 2 de mayo de 1989.

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