Centenario de Anna Chiappe de Mariátegui (1898-1998)(*)

Por Javier Mariátegui

 

El Centenario de Anna Chiappe de Mariátegui fue recordado en la forma austera y silente que ella hubiera elegido. Siempre distante de la figuración, cuidaba mantener un “perfil bajo”, temerosa de que su relación con el Amauta ampliara y hasta magnificara su figura. Quizá por esta razón dejó sin escribir sus memorias, que alguna vez anunció al periodismo con el discreto título de Diez años al lado de José Carlos Mariátegui.

En 1936, Jorge Falcón reveló en una entrevista publicada en la revista Excelsior: 

Llevo escritas algunas páginas sobre los últimos diez años de Mariátegui. Es el mejor legado que les puedo legar a mis hijos. Aún más, están escritas para ellos. Por eso es que nadie las conoce ni las conocerá nadie mientras yo viva. Son escritas con la intención de que los muchachos conozcan bien quién fue su padre; y ellos son los únicos que pueden publicarlas, si algún día así lo desean.

Conocedor de este proyecto, más de una vez reclamé a Anna estas páginas: 

No tengo hábitos intelectuales, nunca escribiré esas memorias. Pero puedes hacerlo tú, en base a las conversaciones, a las revelaciones que te he hecho, a los fragmentos de diálogo que has grabado.

Anna Chiappe Iacomini nació en Lucca, el 26 de julio de 1898. Fueron sus padres Domenico Chiappe y Iacopa Iacomini. Don Domenico Chiappe era comerciante de café y por esta razón viajaba con frecuencia al Brasil. En Lucca, su tierra natal, hermosa ciudad toscana medioeval —una de las pocas que conservan sus murallas íntegras—, pasó Anna sus primeros años y cursó estudios elementales, que continuaron en Siena, de donde pasó a Florencia para los estudios de liceo. Anna tuvo una instrucción esmerada y frecuentó tempranamente a los clásicos italianos. Aún en sus años de persona mayor, recitaba íntegros cantos de la Commedia. Tenía una voz educada y, en soledad, para su personal disfrute, cantaba arias de óperas de Verdi, Puccini, Mascagni, Rossini, entre otras.

Hija única (tuvo un hermano mayor del primer matrimonio del padre), perdió a su madre doña Iacopa a los 12 años y a su padre a los 16, quedando desde entonces al cuidado de un tío paterno, quien fue consultado cuando, tras un decisivo encuentro florentino, Anna optó unirse en matrimonio con José Carlos Mariátegui, “sudamericano pálido y cenceño”. “Regresarás a Italia derrotada y cargada de hijos” vaticinó el tío, preocupado por el futuro de la joven confiada a su tutela. En esos tiempos enviudar era una forma de fracasar y en 1930 Anna, de regresar a su tierra, habría visto cumplido el pronóstico del tío.

¿Qué la hizo reparar en José Carlos en los primeros encuentros florentinos? “Había en José Carlos un atractivo especial, difamaba una fuerza espiritual que no había experimentado con las gentes de mi tiempo”, memoraba Anna. “Al afecto, a la ternura, que son sentimientos sencillos e inefables, se unió pronto una casi hipnótica relación de dependencia frente a un ser superior. La calidad de su pensamiento, su capacidad de análisis, su singular instinto crítico, todo ello unido a un sentido del humor de veras excepcional que no lo abandonó aun en los momentos más duros de su existencia. Recuerdo que en su gravedad extrema, más le preocupaba el estado de los demás que el propio: el sufrimiento mío, de su madre, de sus hijos”. “Sea cauto en lo que diga a los míos en relación al estado de mi salud”, rogaba a sus médicos. “Yo me siento mejor y estoy seguro de superar esta crisis y recuperar mis energías y mi entusiasmo de siempre”. Anna vivía contagiada de este sano optimismo, sin perder la visión realista de las cosas.

De no ser por los cuidados y, sobre todo, por la decisión de Anna, José Carlos no habría sobrevivido a la crisis de 1924. Salvó la vida con la pérdida de la pierna derecha, operación heroica realizada por el eminente cirujano profesor Guillermo Gastañeda, entonces Decano de la Facultad de Medicina, en el antiguo local del Hospital Italiano. Por prejuicios religiosos, su madre, Amalia La Chira, se oponía a la intervención. El catolicismo ultramontano de entonces rechazaba las operaciones mutilantes. Pero Anna, con energía, respondió al cirujano: “Soy su esposa y la madre de sus hijos: si no hay otra alternativa, proceda Ud. a la operación”. La convalecencia fue larga pero con el apoyo emocional de Anna el Amauta recuperó su vitalidad y su extraordinaria capacidad intelectual, reanudando con más energía sus tareas intelectuales y políticas. Después de una temporada en “Leuro”, zona de Miraflores algo distante del mar, José Carlos se instaló con su familia en la Casa de Washington en Lima, a mediados de 1925.

Limitado por la amputación, José Carlos tuvo que adaptarse a sus “mudadas condiciones físicas” y hacerse de “gustos sedentarios”. Hizo en Chosica una cura de helioterapia, en la Casa de Salud del Dr. Luis Pesce, con especial cuidado del muñón de amputación para favorecer, lo antes posible, la aplicación de una prótesis que le permitiera recuperar su movilidad. Ese fue uno de los principales motivos que lo hicieron pensar en viajar a la Argentina, a atenderse con calificados ortopedistas.

Aunque salía diariamente a pasear por los alrededores, el Bosque de Matamula, el Parque de la Exposición, permanecía la mayor parte del tiempo en la casa, leyendo, escribiendo, preparando sus publicaciones, recibiendo visitas a partir de las 6 p. m. en el ambiente grande de la sala donde estaba el célebre “Rincón Rojo”. Permanecer en casa permitía un control más cercano de su estado de salud. Anna podía dirigir la casa con el cuidado próximo de su esposo y de sus menores hijos. Le “filtraba” cualquier información enojosa y disponía el manejo de la economía.

Este obligado retiro favoreció la productividad de José Carlos Mariátegui. Fueron los “años cumbres” de su tarea intelectual. Desde esta casa se producía la revista Amauta (1926-1930) y el quincenario Labor (1928-1929).

Cuando se produjo el fallecimiento, en abril de 1930, Anna hizo acopio de sus reservas emocionales. ¡Es que nunca las perdió! Cuando los universitarios, escritores de vanguardia, dirigentes sindicales y los militantes políticos querían organizar el velatorio al estilo laico y proceder a retirar cruces y candelabros, Anna les conminó: “Este es el homenaje de su madre, mujer creyente, que tenemos que respetar. Pongan sus estandartes y banderolas sin retirar los signos de culto católico en que José Carlos se crió y que constituyen hoy la ofrenda de su madre, a quien veneraba”.

Desaparecido físicamente Mariátegui, Anna iba casi diariamente al cementerio, a su nicho del Cuartel “Santa Bárbara”, con luto cerrado que mantuvo por años. Recuerdo que, muy niño, a los 4 ó 5 años, hacía que la acompañara. Se entraba por la Puerta Primera del Presbítero Maestro. Cuando pasábamos por el pabellón laico, destinado principalmente a los suicidas o a los muertos sin credo confesional, Anna apretaba el paso, hasta llegar al triste y modesto Cuartel de “Santa Bárbara”.

Con la muerte de José Carlos, Anna Chiappe se impuso tres tareas esenciales: primero, la subsistencia en adecuado nivel de vida (salud, alimentación, educación, vivienda) de sus cuatro hijos que habían quedado en la orfandad; segundo, el mantenimiento viviente del recuerdo, ideario y emocionario, y la figura ejemplar del Amauta, su ethos superior; y tercero, la conservación de sus escritos y archivos para darlos a la estampa tan luego las condiciones lo permitieran, y darles gran difusión. Todo su proyecto personal quedaba relegado al cumplimiento de estas metas. En su larga vida pudo ver plasmados sus ideales.

Ya vivíamos en Barranco (1937) cuando se instaló sobre el nicho una sobria lápida en mármol negro y letras doradas que solo tenía inscritos el nombre (“José Carlos Mariátegui”) y las fechas de nacimiento y muerte. Destacaba sobre el resto de las lápidas, blancas, con signos de fe, decoración o frases alusivas a vínculos familiares. Veinticinco años después, esa lápida se extrajo con cuidado y se conserva en la bóveda del Mausoleo del Amauta, un túmulo granítico obra del escultor español Eduardo Gastelú Macho, en la Puerta Cuarta del Cementerio Presbítero Maestro.

Anna Chiappe reposa a su lado, como fue su deseo, en un sobrio mausoleo, desde que abandonó su envoltura corpórea, el 16 de junio de 1990. Estaba por cumplir los 92 años. No tenía ya “sus antiguos colores de Madonna toscana”. Había insuflado lo mejor de su vida al compañero amado: “la vida que te falta es la vida que me diste”.

Como saben los estudiosos del Amauta, su relación con el pensador italiano Piero Gobetti fue cercana e influyente. Quizá si las primeras traducciones de la obra del escritor turinés al español fueron las realizadas por José Carlos para su revista Amauta. Existe un paralelismo entre la vida y la obra de los dos ilustres pensadores, Gobetti y Mariátegui. Este sentía por aquel “una amorosa asonancia”, como lo señala en la definitoria introducción al “proceso de la literatura” de 7 ensayos. Este año de 1998 se conmemora “L`anno di Ada”, por el trigésimo aniversario de la partida de Ada Prospero Marchesini de Gobetti, la ejemplar viuda de Piero. La Ciudad de Turín y el Centro de Estudios Piero Gobetti han organizado sentidos recordatorios, a los que nos aunamos, en coincidencia calendaria con el centenario del nacimiento de Anna Chiappe viuda de Mariátegui.

* “Centenario de Anna Chiappe, en Anuario Mariateguiano Vol. X, No.10, Lima, 1998, págs. 249-251, en Incontri, Año 32, No. 1, Lima, 1999, pp. 80-82 (español-italiano)

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